Quién sabe si las estrellas tienen ojos, me preguntaba, si nos ven así como como nosotros las miramos a ellas, quien sabe si tienen un corazón misterioso, si-como desde siempre piensa el hombre-tienen la capacidad de influir en nuestras acciones. Quién sabe si es verdad que entre sus limbos incandescentes viven los muertos, los que ya no están vivos aquí abajo, los que han abandonado una de las formas del cuerpo.

Cuando era muy pequeña, antes de ir a acostarme, insistía en asomarme a la ventana para saludar a mi madre que, según me había dicho, se había ido a vivir allí arriba; cuando las nubes ciertas noches, cubrían el cielo rompía a llorar. Me la imaginaba como un hada con un largo y ligero vestido vaporoso de colores un cono luminoso cubierto de estrellitas en la cabeza, el rostro sereno, ligeramente sonriente y, en lugar de las piernas, una estela luminosa: solo así podía seguirme volando de estrella en estrella.

Escucha mi voz, es un libro que tengo aparcado desde el verano y hace dos noches que lo he cogido para acabarlo de leer. Os he copiado este trocito que me gusta especialmente porque me recuerda a una persona muy “especial” que cuido algunas noches. Es muy bonito porque ella se imagina así a una persona que se fue. Ella imagina que la observa desde las estrellas y que es un hada que vuela con un vestido vaporoso de color morado.

Me encanta que se imagine esto tan bonito porque yo también lo imaginaba asi cuando era pequeña y a mi hijo también se lo transmití y os garantizo que resulta muy agradable.

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